Editorial “El culo como filosofia de vida”

Editor: Diego K

Un culo es un tema importante y debería estar incluido en la agenda de todo medio nacional e internacional. Por algún motivo que aún desconozco, siempre merece espacio en lugares televisivos de poca monta que no permiten juzgar al culo en todo su esplendor ni con las exigencias intelectuales y filosóficas que requiere. Al contrario, se lo reduce a la mera exhibición, se lo agita, se lo aplaude y se pasa al siguiente tema. Esto no es justo y esto no está bien.

Hay interpretaciones psicólogocas de por qué al hombre le gustan los labios de la mujer, algo que se remontan a los monos, y por qué le gustan las lolas, que se remontan a mamá. Pero nadie, hasta hoy, llegó a conjeturar una idea certera de por qué nos gustan tanto los culos. Están en blanco.

Muchos se piensan que los consumidores de culos somos todos descerebrados. No se dan cuenta que hay sociólogos, psicólogos, jueces, abogados, curas, escritores, artistas, apasionados de los culos y que, como los niños afectados por conductoras idiotas, no quieren ser tratados como tontos. Ellos, nadie al fin de cuentas, advierten que están tratando aquí con gente proba en la materia. Pues, si se juzga el tiempo que uno invierte, todo hombre es, en la intimidad, un experto en culos. Un culo es, para decirlo de algún modo, un libro abierto. Sin embargo, si bien hay revistas que venden miles de ejemplares gracias a glúteos en sus portadas, ninguna se propone estudiarlo, debatirlo y reflexionar sobre él como si se tratara del nuevo libro de Joaquín Morales Solá quien, considerada su frente brillante, redondeada y libre de pelos, se lo puede emparentar fácilmente con el tema.

El culo es el corazón del cuerpo. El tornillo que lo ajusta en su debido lugar. Si el tornillo está flojo, lo demás tambalea.

En general, debo admitir que, los hombres acostumbramos tener mejores culos que las mujeres. Es por eso que los travestis corren con cierta ventaja estructural. Podrán andar descuidados con la barba, pero el culo, siempre lo enarbolarán orgullosamente. El fútbol será.

Un culo te puede alegrar el día. Un culo te puede cambiar el rumbo. Un culo puede hacer que te pase el colectivo por arriba. A simple vista, y por más que esté cubierto con ropas holgadas, uno se da cuenta si el culo es próspero y bien ubicado. Es decir, si su glúteo, mayor, medio y menor –gluteus minimus-, si el músculo piriforme, los obturadores y los géminos están desplegados en su justa medida y en perfecto funcionamiento. Así como un futbolista detecta a otro futbolista en potencia con sólo verlo caminar, uno puede descubrir las bondades del culo sólo por la marca que deja impresa en el asiento del colectivo. Una impresión tan contundente que lo llevaría afirmar sin titubeos: “Acá hubo un lindo culo”.

El culo reina. Reina su reinado de raya al medio, equilibrado, de mejillas bien repartidas. Yo veo culos aún con los ojos cerrados. Los veo en la puerta del colegio, cuando retiro a mi hija. Como vivo en un pueblo, a los culos hay que buscarlos como en librería de viejo, hay que revolver las góndolas, despojarlos de sus ropas de cuarta, y encontrar el alma, la razón de ser de todo culo. Al vivir en un pueblo, conozco buena parte de los culos que habitan aquí. Y me doy cuenta que el resto de los padres, que retiran a sus hijos a la misma hora que yo, hace lo mismo. Porque cuando aparece un culo nuevo –una tía que viene de Carboni, o de Ezeiza o de Saladillo- a retirar a su niño, los demás padres se estiran para mirarle atrás. Ellos también observan con detenimiento y clasifican al glúteo recién llegado, que es lo que hace todo observador de culos: clasificar un culo comestible de uno incomible.

Uno mira culos –la mayoría de ellos- inocentemente y sin ningún fin concreto. Pues, la mayoría de ellos, la amplia mayoría, no los volverá a ver jamás.

Tengo un amigo, un único amigo que detesta los culos. “Puf”, dice, “odio el camino de tierra”. Si veo una chica, él pregunta siempre por qué clase de camino anduve. Se puede poner muy insistente. Cuando anda de ánimo sombrío lo llama cloaca. Trato, por lo pronto, de no sacar mucho el tema con este amigo. No puedo reproducir con él la importancia sociológica que catapulta al culo en el inconsciente colectivo del macho, sin que me lo lleve para el lado de la tierra y la plomería.

Nunca consideré el término “cara de culo” como insulto. Nunca lo usé. Nunca me sentí identificado. No soy inodoro para decirlo, pero nunca ví a un culo haciendo algo malo. Eso que sale del culo, estoy convencido, viene de otro órgano. Jamás una pieza tan preciosa de la anatomía humana puede generar eso tan espantoso. Para mí, qué quiere que le diga: es mala prensa. Gente dañina que busca embarrar el único camino de tierra que, a Dios gracias, nunca jamás será asfaltado.

 Un culo es un tema importante y debería estar incluido en la agenda de todo medio nacional e internacional. Por algún motivo que aún desconozco, siempre merece espacio en lugares televisivos de poca monta que no permiten juzgar al culo en todo su esplendor ni con las exigencias intelectuales y filosóficas que requiere. Al contrario, se lo reduce a la mera exhibición, se lo agita, se lo aplaude y se pasa al siguiente tema. Esto no es justo y esto no está bien.

Hay interpretaciones psicólogocas de por qué al hombre le gustan los labios de la mujer, algo que se remontan a los monos, y por qué le gustan las lolas, que se remontan a mamá. Pero nadie, hasta hoy, llegó a conjeturar una idea certera de por qué nos gustan tanto los culos. Están en blanco.

Muchos se piensan que los consumidores de culos somos todos descerebrados. No se dan cuenta que hay sociólogos, psicólogos, jueces, abogados, curas, escritores, artistas, apasionados de los culos y que, como los niños afectados por conductoras idiotas, no quieren ser tratados como tontos. Ellos, nadie al fin de cuentas, advierten que están tratando aquí con gente proba en la materia. Pues, si se juzga el tiempo que uno invierte, todo hombre es, en la intimidad, un experto en culos. Un culo es, para decirlo de algún modo, un libro abierto. Sin embargo, si bien hay revistas que venden miles de ejemplares gracias a glúteos en sus portadas, ninguna se propone estudiarlo, debatirlo y reflexionar sobre él como si se tratara del nuevo libro de Joaquín Morales Solá quien, considerada su frente brillante, redondeada y libre de pelos, se lo puede emparentar fácilmente con el tema.

El culo es el corazón del cuerpo. El tornillo que lo ajusta en su debido lugar. Si el tornillo está flojo, lo demás tambalea.

En general, debo admitir que, los hombres acostumbramos tener mejores culos que las mujeres. Es por eso que los travestis corren con cierta ventaja estructural. Podrán andar descuidados con la barba, pero el culo, siempre lo enarbolarán orgullosamente. El fútbol será.

Un culo te puede alegrar el día. Un culo te puede cambiar el rumbo. Un culo puede hacer que te pase el colectivo por arriba. A simple vista, y por más que esté cubierto con ropas holgadas, uno se da cuenta si el culo es próspero y bien ubicado. Es decir, si su glúteo, mayor, medio y menor –gluteus minimus-, si el músculo piriforme, los obturadores y los géminos están desplegados en su justa medida y en perfecto funcionamiento. Así como un futbolista detecta a otro futbolista en potencia con sólo verlo caminar, uno puede descubrir las bondades del culo sólo por la marca que deja impresa en el asiento del colectivo. Una impresión tan contundente que lo llevaría afirmar sin titubeos: “Acá hubo un lindo culo”.

El culo reina. Reina su reinado de raya al medio, equilibrado, de mejillas bien repartidas. Yo veo culos aún con los ojos cerrados. Los veo en la puerta del colegio, cuando retiro a mi hija. Como vivo en un pueblo, a los culos hay que buscarlos como en librería de viejo, hay que revolver las góndolas, despojarlos de sus ropas de cuarta, y encontrar el alma, la razón de ser de todo culo. Al vivir en un pueblo, conozco buena parte de los culos que habitan aquí. Y me doy cuenta que el resto de los padres, que retiran a sus hijos a la misma hora que yo, hace lo mismo. Porque cuando aparece un culo nuevo –una tía que viene de Carboni, o de Ezeiza o de Saladillo- a retirar a su niño, los demás padres se estiran para mirarle atrás. Ellos también observan con detenimiento y clasifican al glúteo recién llegado, que es lo que hace todo observador de culos: clasificar un culo comestible de uno incomible.

Uno mira culos –la mayoría de ellos- inocentemente y sin ningún fin concreto. Pues, la mayoría de ellos, la amplia mayoría, no los volverá a ver jamás.

Tengo un amigo, un único amigo que detesta los culos. “Puf”, dice, “odio el camino de tierra”. Si veo una chica, él pregunta siempre por qué clase de camino anduve. Se puede poner muy insistente. Cuando anda de ánimo sombrío lo llama cloaca. Trato, por lo pronto, de no sacar mucho el tema con este amigo. No puedo reproducir con él la importancia sociológica que catapulta al culo en el inconsciente colectivo del macho, sin que me lo lleve para el lado de la tierra y la plomería.

Nunca consideré el término “cara de culo” como insulto. Nunca lo usé. Nunca me sentí identificado. No soy inodoro para decirlo, pero nunca ví a un culo haciendo algo malo. Eso que sale del culo, estoy convencido, viene de otro órgano. Jamás una pieza tan preciosa de la anatomía humana puede generar eso tan espantoso. Para mí, qué quiere que le diga: es mala prensa. Gente dañina que busca embarrar el único camino de tierra que, a Dios gracias, nunca jamás será asfaltado.

6 comentarios en “Editorial “El culo como filosofia de vida”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s